por "Aparato"
01.09.2014 19:52
El sopor en horas de siesta infaltable, la tranquilidad que desliza mi letra de puño próxima a digitalizarse y el detenerme en el aroma del café suave y humeante, hablan del contraste entre la desesperación de antaño y del alivio desde hace ya un tiempo.
Como toda enfermedad tiene su rehablitante, a las personas, ante cada caída, no les queda más remedio que ponerse de pie; aunque el andar cuerpo a tierra o de rodillas dure hasta la desesperación. Para dibujar una metáfora, digamos que estuve en la tierra del viento que impide ver las cosas que pasan en frente, con polvaredas asfixiantes de impotencia, agua de lágrimas, y en estas mezclas, con mis pies que uso para levantarme llenos de barro de miedo.
En aquéllos días de ciénaga, vivía reprimida, con temor, con pensamientos que ahora, desde lejos, sé que eran pesimistas y erróneos. Tal vez por eso me perdí de momentos, personas y los privilegios que da la vida, y de saber que las cosas y las personas pueden multiplicarse en tantas facetas, como claridad tiene el observador.
No negaré que viví etapas hermosas, pero progresivamente, los malestares se fueron camuflando, escondiéndose de mi percepción. De a poco iba encerrándome más y más en mí, busqué excusas y recursos para no mostrar mis grietas y para no compartir cosas que creía que sólo me pasaban a mí.
De alternar buenas con cada vez más malas, comencé a sentirme mal físicamente, no podía explicarlo, ni tenía intenciones de hacerlo. Se volvió tan insoportable mi situación, que empecé a buscar respuestas con diferentes médicos y especialistas, pero según sus diagnósticos, yo no tenía ningún problema. Estaba desmoralizada, y la impotencia, se había apoderado de
mí.
Un buen día, tras recorrer consultorios inútilmente, me enteré sobre el Fobia Club y fui, con cierta desconfianza, esa que me había ganado en mis anteriores fracasos. En un tiempo de mediano plazo, mi situación empezó a mejorar, levanté la cabeza, supe dónde debía llegar, el viento y la tierra calmaron, ya no había lágrimas que formaran fangos de temor.
En principio hice terapia individual con el psiquiatra y la licenciada en psicología, para luego integrarme, una vez estabilizada, en la terapia grupal, donde nos hablamos y escuchamos.
No todo me sale bien y es natural que por algunas cosas tenga desconfianza, pero cambió mi perspectiva, enfrento todo con alegría, apertura y optimismo. Hoy, de cada situación veo su reverso, o al menos busco hallarlo, pero en un marco de simpleza, sin persecución, sin prejuicios, sin miedo.